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Se asomó al exterior para contemplar las vistas. Desde aquella planta 38ª del edificio Kronos se divisaba parte del skyline nocturno de Benidorm.

De La centinela, capítulo I


"Siempre hemos sido las mujeres quienes acabamos poniendo orden en los juegos que se traen los niños grandes".

De La centinela, capítulo XIL


"Esa empatía por las mujeres también cruzaba las fronteras, sin límites".

De La centinela, capítulo XLIX


Esa noche, sin que sirviera de precedente, Eva decidió maquillarse solo los ojos y los labios. Era el mínimo espacio de su rostro que, según ella, exigía ser maquillado ante el espejo. Y eligió los colores más provocativos.

De La centinela, capítulo I


Deslizó una barra de labios rosa pálido por su boca entreabierta. Como el color era mate, lo acompañó con un gloss rosado intenso.

Y se quedó satisfecha con el aspecto fresco y natural de sus labios.

De La centinela, capítulo XIV


La mujer no tenía por qué rendir cuentas de su propia felicidad. Eva lo tenía muy claro: “Amar, ser amada y que el resto del mundo me deje amar libremente”. Y no había medias tintas en semejante asunto.

De La centinela, capítulo XIL


Parpadeó ligeramente, manteniendo una leve sonrisa. El espejo no hacía más que reflejar su aspecto glamuroso. Ya no había nada más que retocar. Su rostro era perfecto. Al percatarse de que estaba a punto de envidiarse a sí misma, se rió con delicadeza de aquella vanidad impuesta a base de horas de maquillaje. Con esa naturalidad, frente a un espejo con el propio aforo completo, Eva siempre resultaba espectacular.

A través del espejo, Eva se reconocía a sí misma sin contemplaciones.

De La centinela, capítulo XXVI


Aún anclados en el flujo y reflujo de sus mareas, Eva maniobró sus caderas, arqueándose hasta el fondo de las aguas tranquilas en las que estaban inmersos. Cuando ella levó anclas y provocó la marejada, el timonel se aferró a su cintura hasta fundirse relajado y luminoso como aquel sol de la mañana que entraba por la ventana del dormitorio.

De La centinela, capítulo XXXIII



La lencería que llevaba aquella noche era para enseñarla como cualquier otra prenda.

De La centinela, capítulo XXXIX



—¿Te gusta lo que ves? —preguntó Eva con picardía.

—Sí —respondió él categóricamente. No había otra respuesta posible.

—Pues tendrás que contenerte —le advirtió, dándole después un beso en la mejilla—. El taxi me está esperando abajo.

De La centinela, capítulo XL


¿Por qué se empeña la televisión en sacar la imagen más sucia de la mujer? ¡Así no se dicen las cosas! Algunos periodistas no son ajenos a su propia realidad cotidiana. Aparte de no ser profesionales en su trabajo, son hombres. Así que tienen su discurso contaminado y repleto de prejuicios. Ellos no pueden cambiar ni apoyar los logros conseguidos en la igualdad de género. Son solo hombres disfrazados de periodistas al servicio de una sociedad machista a la que no quieren dejar de pertenecer.

De La centinela, capítulo XXVI


El sufrimiento más descarnado no puede seguir maquillándose con estas tomas falsas y encuadres fílmicos de estos informativos. ¡Yo no me creo estos noticiarios de película! Porque el dolor de las víctimas no se reduce a un encuadre y un titular estrella.

De La centinela, capítulo X



Destapó la barra de labios y delineó su boca con un vigoroso rojo pasión. Una tonalidad desinhibida que verbalizaba las intenciones de Eva.

Ese labial rojo, femenino a espuertas, encolerizaría a cualquier macho acorralado. Un tono que revitalizaría el discurso de Eva cuando llegase el momento.

De La centinela, capítulo XLIII


Ninguna mujer debía aceptar el yugo de un marido tradicional cuyo miembro viril pretendiera realizar a su esposa solo como madre. Ni la biología ni las costumbres sociales doblegarían a Eva hasta reducirla a una oquedad lista para preñar. La primera misión de Eva en la vida era su propia felicidad a través de la felicidad de quienes le rodeaban, aunque implicase amar a contracorriente. Si vivía de esa manera tan honesta y desinteresada, nadie vendría a darle lecciones sobre cómo debía comportarse una mujer.

De La centinela, capítulo XLI



Sin embargo, la realidad era muy distinta. Tras la puerta de aquel piso no le esperaba nadie que entendiera algo de belleza. A un cerdo le importaba un comino que una mujer llevase los labios pintados.

Ella alargó el brazo, tocó el timbre y esperó. La puerta se abrió en seguida, y apareció un hombre corriente de mediana edad, sin más descripción que esa: corriente.

De La centinela, capítulo XXXIV



Eva extendió una pierna, y puso su zapato en la cara de aquel individuo. Apoyó la suela en el entrecejo y el tacón en la barbilla. Luego empujó, y su presa cayó de espaldas de nuevo.

De La centinela, capítulo XXXVIII



Era el típico individuo ignorante que leía solamente el Corán, una y otra vez durante toda su vida, alimentando su odio y rechazo a los occidentales, fomentando el aislamiento de la comunidad musulmana. Aquel falso imán pretendía propagar las tradiciones machistas de su país de origen. Tenía un discurso tan fanático que había prescindido del sentido común hacía mucho tiempo. Esa bestia veía a todas las mujeres como una vulva rodeada de carne insensible.

De La centinela, capítulo XLVII


[Mumtaz Qadir] Siempre había creído que las mujeres europeas eran así de simples y pecadoras. Y aquella noche tenía la prueba real y definitiva de que todas las mujeres eran unas rameras. Era la prueba irrefutable que demostraba la necesidad de clavar un burka en la piel de cada mujer. Si se comportaban como rameras, el hombre tenía el derecho y el deber de esconder la pecadora piel de la hembra. El burka limpiaba la carne sucia e impía de la mujer. ¡Todas ellas deberían llevar el burka tatuado de por vida! El pensamiento de Mumtaz Qadir era así de violento y zafio.

De La centinela, capítulo XL


—No quiero ofenderte a estas alturas —dijo Eva con todo el sarcasmo posible—, pero de una entrepierna como la mía han salido profetas, mesías, visionarios... Entonces, ¡¿por qué machacas a las mujeres en tus jodidos sermones?! —gritó fuera de sí, propinándole varios puñetazos en la cara. Había cerrado el puño con rabia, dándole varios golpes certeros en los pómulos.

De La centinela, capítulo XLVII


—¡Ah, se me olvidaba! Si vuelves a maltratar a tu esposa o le obligas a llevar el burka, te juro por Dios que la próxima vez no seré tan compasiva.

Horrorizado, Mumtaz Qadir rompió a llorar.

De La centinela, capítulo XL


Los rascacielos envolvían al ciudadano con sus estructuras de hormigón, cemento, cristal, ladrillo y metal. Lo vertical arropaba y protegía aquel espacio compacto de historias de vida que iban y venían de una calle a otra. La luz natural moldeaba cada una de las edificaciones más altas, reinventándolas varias veces a lo largo del día.

De La centinela, capítulo V






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